Alguno se puede preguntar qué pinta un apartado de links llamado “Estética de lo cotidiano” en un blog de sobre la belleza y la creatividad… Parece que belleza y cotidiano sean términos casi reñidos; pero si lo miramos bien, la mayor obra de arte que cada uno está llamado a realizar es su propia vida. Es un performance al que dedicaremos todo el tiempo del que disponemos, y el escenario en el que lo realizamos es la vida cotidiana. Las vanguardias artísticas del siglo pasado han demostrado que no existe cosa alguna en el mundo que no pueda ser contemplada estéticamente. Hasta el objeto más ordinario, hasta la actividad más prosaica, puede ser bella en algún momento o bajo algún aspecto. O lo que es lo mismo, puede contemplarse. La mirada de un niño es escrutadora, incisiva, limpia y curiosa, no se conforma, busca siempre más. Es capaz de descubrir la belleza de lo ordinario porque todavía no se ha acostumbrado al mundo que le rodea y tiene la capacidad de asombro que a muchos adultos se les ha secado. La contemplación y el arte caben, pues, en la vida ordinaria; es más, ¿no será precisamente éste su territorio propio, y no el olimpo de los museos y otros lugares exquisitos?
Cada instante de la vida está empedrado de chispas de belleza que podemos paladear, y también el hogar es una mina en este sentido, pero hay que trabajarla para poder disfrutar de sus riquezas. Precisamente las llamadas “tareas domésticas” - cuando se realizan con profesionalidad y cariño- son como el pico que hace aflorar vetas de belleza y humanidad. Llegar a los pequeños detalles es obra del ingenio humano, que busca modos inéditos de hacer las mismas cosas: ese plus de humanidad que va más allá de la satisfacción de las exigencias básicas es la dimensión estética de lo ordinario.
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