Roland Barthes, en su libro La cámara lúcida, distingue dos elementos que al coexistir dan interés a una fotografía: el studium y el punctum. El studium es aquello que resulta familiar a la cultura del sujeto. El punctum, es lo que punza al espectador creando un campo ciego, ya que al oscurecer todo lo demás, sólo permite ver lo que te llama la atención. A veces lo que conquista no es el motivo de la foto, sino un detalle que arrastra la lectura con un estremecimiento interior; un algo que violenta, porque llena la vista a la fuerza. Cuando una fotografía no dice nada es porque tiene studium pero no tiene punctum, viene a ser como una buena técnica o un contenido interesante pero al que le falta alma.Lo que llama la atención o provoca la “aventura” en la fotografía es a menudo la contrariedad o dualidad que puede haber en ella. La imagen habla en silencio, induce a pensar, aunque muchas veces con efectos retardados. Las fotografías son como un testimonio de que el referente ha existido verdaderamente, es un “esto ha sido” y por lo tanto no puede mentir. Es una emanación del referente, los mismos rayos luminosos que un día provocaron una fotografía, son los que ahora penetran en los ojos de aquél que la mira, por eso la fecha forma parte de la foto, muestra algo que fue y que ya no volverá a repetirse exactamente.
Tomar una fotografía -según Cartier-Bresson- es alinear la cabeza, el ojo y el corazón. Esto muestra que es un arte muy humano: penetra la realidad yendo más allá de la mera percepción, y a la vez integra todas las potencias del hombre.
El cine, como los demás artes, es un modo que tiene el hombre de expresar sus sentimientos e inquietudes; y uno de los temas que más intriga al ser humano es el porvenir, ya que no sabe con seguridad qué le deparará el futuro. El cine es un arte muy joven y en los pocos años que lleva de vida, un gran número de películas han abordado este tema. Lo que llama la atención es que la gran parte de las películas futuristas ofrecen una perspectiva muy negativa, con falta de esperanza, como si el hombre estuviera abocado a la autodestrucción.
