El arte no tiene por objeto imitar a la naturaleza sino traducir
las emociones que ésta procura, ya que como dice Malraux, el arte “no imita la vida sino que la revela”. El artista tiene una percepción singular y personal del mundo, junto con la capacidad de plasmarlo a través de obras artísticas.En alguna ocasión podemos sorprendernos contemplando gozosamente las formas y colores de las nubes de un atardecer o el sonido sostenido del campo estival al atardecer, y en seguida pensar en la obra de Van Gogh o en los paseos por la campiña toscana de Una habitación con vistas. Por supuesto, esto no significa que la pintura de Van Gogh o la película de James Ivory fueran anteriores a las realidades que muestran, pero sí que el goce de su reconocimiento es debido al hecho de que un artista ya nos las había anticipado, nos las había enseñado, o mejor, nos había enseñado a mirarlas. En ese reconocimiento de la realidad experimentamos también el goce estético: gozamos de la vida porque el arte nos la anticipa.
La realidad esconde un paraíso cifrado que toca a cada uno de nosotros descubrir, y el artista juega un importante papel en esa tarea.
